Duermen en nuestras camas, comparten nuestros selfies, tienen su propia cuenta de Instagram y a veces hasta… un cumpleaños con tarta personalizada.
Nuestras mascotas ya no son sólo compañeros: son nuestros compañeros de habitación, nuestros confidentes, nuestros bebés peludos (o emplumados, o escamosos).
Sin embargo, un estudio destaca un fenómeno que muchas personas desconocen: ¿qué pasa si nuestro amor abrumador por los animales no siempre es tan saludable como pensamos?
Imagínate; cancelas una cena con amigos porque tu gato te mira con tristeza.
Entras en pánico después de dos horas en casa de tu tía porque extrañas demasiado a tu perro.
Te niegas a confiar tu conejo a nadie, incluso en caso de emergencia.
Ya no es apego, es una mini prisión emocional… con barrotes en forma de bigotes.
Repercusiones muy reales en la salud mental
Según los expertos entrevistados, este vínculo ultra fusional puede agravar, o incluso desencadenar ciertos trastornos psicológicos.
El hiperapego puede acentuar los síntomas depresivos, mantener la ansiedad o alimentar el aislamiento social existente.
Y cuando el único vínculo emocional fuerte que tenemos es con un animal… la más mínima separación (hospitalización, vacaciones, muerte) se convierte en un cataclismo.






